El amor prolonga el
milagro de Pentecostés
En una reunión ecuménica
celebrada en Brighton (Gran Betaña)
el P. Raniero Cantalamessa
expuso algunos aspectos de cómo se vive el don de
El amor: nuestro
camino
Veamos ahora en qué consiste esta vía carismática de la unidad. Os diré
inmediatamente la palabra clave y pido al Espíritu Santo que la ponga en
vuestro corazón: ¡AMOR! Nuestra contribución a la unidad es el amor recíproco.
Otros buscan construir la unidad partiendo de la inteligencia, es decir, de las
verdades de
Nosotros podemos amarnos aun más profundamente. No sólo en el sentido de
que está permitido, de que nada nos impide amarnos, sino en el sentido de que
«tenemos la posibilidad» de amarnos. No sólo tenemos el deber de amarnos. Tenemos
ante todo la gracia y el poder de amarnos, porque «el amor de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado»
(Rm 5,5). Este amor es el amor con que Dios nos ama, pero es también el amor
con que podemos, a nuestra vez, amar a Dios y a los hermanos. Es una capacidad
nueva y sobrenatural de amar. Es la raíz y el fundamento de la unidad de todos
los creyentes en Cristo, es una raíz divina, no humana.
Estamos en el corazón del problema: ¿qué hace el Espíritu Santo para
crear la unidad de los creyentes?
Mientras el hombre vive bajo el pecado, ve a Dios como un obstáculo,
un adversario. Él desea ciertas cosas: el dinero, el placer, el poder, la mujer
de otro, el bien de otro, y Dios le cierra el paso con su «tú debes, tú no
debes». «Los deseos de la carne se rebelan contra Dios» (Rm 8,7), hasta
el extremo de que el hombre llega a odiar a Dios y preferiría que Dios no
existiese. Esto no es una descripción teórica, hipotética; es nuestro retrato
real, lo que somos desde nuestro nacimiento.
Pero, aquí viene el milagro, cuando en el corazón del «hombre viejo»
entra el Espíritu Santo, Él le hace ver a Dios con ojos diferentes. No lo ve ya
como un adversario o un obstáculo, sino como un aliado, el Padre que no ha
ahorrado ni a su propio Hijo por él... El hombre hace entonces voluntariamente
lo que Dios le manda. De esclavo, se convierte en hijo y grita: «¡Abba Padre... ahora te conozco!»
Es lo que llamamos «renacer del Espíritu» (Jn 3,6).
Ocurre lo mismo respecto al prójimo : Mientras el hombre vive bajo el
régimen antiguo y egoísta, los otros —especialmente si no comparten sus
opiniones, sus gustos o intereses— le parecen rivales que le amenazan. «El
infierno son los otros», grita un personaje de Sartre.
Pero ¿qué ocurre cuando se convierte y se abre a la acción del Espíritu
Santo? El prójimo aparece ante él con una luz nueva: no es el «otro» el «rival»
sino el «hermano» amado de Dios, aquel por quien «Cristo ha muerto» (Rm.
14,14). Alguien que sufre con sus limitaciones: como tú, como todos. La máscara
que tú habías puesto sobre el rostro del otro, cae, y descubres con asombro que
puedes amarlo. Esto es lo que llamamos entrar en «la comunión del Santo
Espíritu» (2 Cor 13,13).
El
milagro de Pentecostés
La señal verdadera y
segura de la venida del Espíritu no es hablar en lenguas sino el amor y,
especialmente, el amor a la unidad. El amor prolonga el milagro de Pentecostés.
Si se pregunta a un cristiano: «Tú has recibido el Espíritu Santo, ¿por qué
no hablas todas las lenguas?», él puede responder: «Sí, yo hablo todas las
lenguas. Formo parte de este cuerpo de
Y aún más. Oyendo a
Pablo enumerar todos los carismas: profecía, enseñanza, milagros... (1 Cor 12,14) puedes
entristecerte pensando que no posees ninguno. Pero escucha: si tú amas la
unidad, si tú amas
Fin de la
hostilidad
Para poner en práctica este mensaje de unidad y amor pensemos en el
himno a la caridad de san Pablo. Cada frase tiene un sentido actual y nuevo
aplicado al amor entre los miembros de diferentes iglesias, en las relaciones
ecuménicas: La caridad es paciente, la caridad es servicial. La caridad no
falta al respeto, no busca su interés, no guarda rencor. Todo lo cree, todo lo
espera, todo lo soporta (1Cor 13, 4 ss).
No hay que esperar, en principio, la reciprocidad, es decir, que el otro
se comporte de la misma manera con nosotros. La escritura nos empuja a «rivalizar
en la estima recíproca» (Rm 12,1). Nos enseña a dar el primer paso, sin
esperar a que los otros lo den.
San Juan de
Nosotros tenemos, ante
todo, que imitar a Jesucristo ¿Cómo hizo Jesús la unidad en la cruz?
Los reunió en un sólo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo
muerte a la enemistad (Ef 2,16).
Éste es el secreto, ¡lo único que debemos hacer! No destruir al enemigo
sino a la enemistad. ¡No destruirla en los otros sino en tí
mismo! Debemos dejar toda la enemistad acumulada entre nosotros porque Jesús
la ha destruido ya en
No se puede someter a
un padre a esta alternativa terrible de tener que escoger entre sus hijos. Dios
«quiere que todos los hombres se salven».
«Padre, perdónanos por
haber pensado con frecuencia en nuestro corazón: «nosotros o ellos». Por haber
intentado obligarte a escoger como si nuestros enemigos fueran también los
tuyos».
Perdónanos y sálvanos a todos juntos. ¡Acéptanos como hermanos a todos
los que Tú aceptas como hijos tuyos! Gracias a Jesús nos presentamos unos y
otros, ante ti, en un sólo Espíritu. Como el día de Pentecostés, estamos
reunidos ante ti. Renueva el prodigio
del primer Pentecostés. Haz de nosotros «una sola alma y un sólo corazón»
para que el mundo crea. Amén.